La última milla: Edificando puentes hacia la verdadera inclusión
- Melina Olmo

- 15 dic 2025
- 6 Min. de lectura

En la logística, la última milla es el tramo final que lleva un paquete a su destino. En las comunidades, es el trayecto que lleva oportunidades, dignidad y voz a quienes han estado más alejados del centro. Y muchas veces, ese tramo no se mide en metros, sino en voluntad.
Terminamos el 2025 en ese momento natural de reflexión donde evaluamos las metas que nos propusimos y las que realmente logramos. En nuestro trabajo de edificar diálogo, construir puentes y fortalecer comunidades, quizás descubrimos algo familiar: teníamos planes perfectos, recursos adecuados, intenciones genuinas... pero algunas de nuestras mejores propuestas se quedaron a metros de las personas que pretendían servir.
No es falta de esfuerzo; es el desafío de la última milla: ese espacio donde nuestras soluciones bien diseñadas se encuentran con la complejidad humana real. Donde se decide si edificamos verdadera inclusión o simplemente cumplimos con nuestros objetivos en teoría.
Más allá de la entrega: redefiniendo la última milla social
En el mundo empresarial, la última milla representa el 53 % del costo total de envío. Es el tramo más caro, más complejo, más personal. Requiere conocer cada dirección, cada obstáculo, cada particularidad del territorio final. No basta con que el paquete llegue al vecindario; debe llegar a la puerta correcta, en el momento adecuado, a la persona indicada.
Cuando trasladamos este concepto a la construcción de comunidades inclusivas, la última milla se convierte en esa «distancia social y cultural» que impide que recursos, oportunidades y decisiones lleguen realmente a todas las personas. No es solo geografía; es la brecha entre el diseño de una política y su impacto real en la vida cotidiana.
La última milla social incluye las barreras físicas evidentes —como falta de transporte o conectividad— pero también las invisibles: horarios que excluyen, lenguajes que alienan, procesos que asumen privilegios que no todos tienen. Es donde la accesibilidad técnica se separa de la accesibilidad humana.
En telecomunicaciones, resolver la última milla significó llevar fibra óptica casa por casa.
En salud pública, podría significar que el medicamento aprobado llegue con quien puede administrarlo. En participación ciudadana, que la consulta digital incluya a quien no tiene teléfono inteligente. En cultura, que el teatro accesible piense también en quienes acompañan.
La diferencia entre llegada y verdadero acceso se mide en estos detalles que parecen menores pero que determinan si nuestro trabajo realmente edifica inclusión.
Cuando el puente se queda a medio construir
Las historias más reveladoras de la última milla no nacen de estadísticas, sino de experiencias reales que exponen las grietas entre nuestras intenciones y su impacto.
El voto que no pudo viajar
Después del huracán María en Puerto Rico, las consultas ciudadanas se digitalizaron. Era lógico: eficiente, moderno, capaz de llegar a más personas sin depender de infraestructura física dañada. En teoría, una solución brillante para tiempos de crisis.
Pero en las comunidades montañosas, donde viven muchos adultos mayores en condiciones de pobreza, la red de internet seguía siendo esporádica o inexistente. Estas voces —precisamente las más afectadas por las decisiones posteriores al huracán— quedaron excluidas de un proceso que se diseñó para incluir a todos. La plataforma digital funcionaba perfectamente; la última milla hacia estas comunidades, no.
El asiento que nunca se pensó
Una amiga quería acompañar a su esposo al teatro. Él usa silla de ruedas y ella había investigado cuidadosamente: el lugar cumplía con todas las regulaciones de accesibilidad, tenía rampas adecuadas, espacios designados. Todo perfecto.
Al llegar, descubrieron que los espacios para sillas de ruedas estaban aislados. No había manera de que ella se sentara junto a él. Podían estar en el mismo teatro, pero no compartir la experiencia. La accesibilidad técnica existía; la accesibilidad relacional no se había considerado.
El teatro había edificado acceso, pero no había edificado compañía.
El tratamiento que no pudo llegar
Una amiga recibió la noticia que toda persona con cáncer espera: su seguro había aprobado la quimioterapia. Los oncólogos estaban listos, el hospital preparado, el protocolo de tratamiento optimizado. La infraestructura médica funcionaba sin fisuras.
Pero ella no podía conducir durante el tratamiento, y no tenía quién la llevara tres veces por semana durante meses. El seguro cubría la medicina, pero no cubría el viaje. Perdió varias citas cruciales no por falta de tratamiento, sino por falta de transporte.
La solución médica era perfecta; la solución humana, inexistente.
La reunión que excluyó sin querer
En una empresa progresista, implementaron políticas ejemplares de inclusión familiar: horarios adaptables, licencias extendidas, espacios para lactancia. El manual de recursos humanos era un modelo de buenas prácticas.
Pero las reuniones estratégicas siguieron programándose a las 7:00 de la mañana. Las decisiones importantes se tomaban en cenas de trabajo que se extendían hasta tarde. Los ascensos se discutían en conversaciones informales fuera del horario laboral.
La política inclusiva existía en el papel; la cultura excluyente permanecía intacta en la práctica.
Los patrones invisibles
Estas historias comparten un hilo común que revela cómo se forma la última milla social. No es accidente ni negligencia; es el resultado de diseñar para quienes diseñan, no para quienes usan.
El patrón del usuario modelo
Cuando creamos soluciones, tendemos a imaginar al «usuario modelo»: quien tiene tiempo flexible, transporte confiable, conectividad estable, capacidad de navegar sistemas complejos sin apoyo. Este usuario fantasma determina horarios, formatos, ubicaciones y procesos.
La última milla emerge precisamente donde este usuario modelo se encuentra con la diversidad real: personas que cuidan ancianos, que dependen del transporte público, que tienen múltiples trabajos, que manejan discapacidades visibles e invisibles, que hablan español como segunda lengua.
El patrón de la solución técnica
Diseñamos pensando en cumplir requisitos técnicos —rampas de la inclinación correcta, plataformas con certificaciones de accesibilidad, protocolos que siguen buenas prácticas— sin preguntarnos si resuelven experiencias humanas reales.
La rampa perfecta que no considera al acompañante. La consulta digital que cumple estándares web pero ignora la brecha digital. El tratamiento médico óptimo que no incluye cómo llegar a recibirlo.
El patrón de la proximidad invisible
Quienes diseñamos soluciones generalmente vivimos cerca del centro: tenemos acceso a información, redes de contactos, recursos para sortear obstáculos. Esta proximidad nos vuelve ciegos a las distancias que otros deben recorrer para acceder a lo mismo.
No vemos la última milla porque no la caminamos.
Edificando puentes hacia la verdadera inclusión
Reconocer estos patrones es el primer paso para edificar diferente. La última milla no se resuelve con más recursos o mejores tecnologías; se resuelve con más curiosidad sobre experiencias que no son las nuestras.
Diseñar desde los márgenes
En lugar de crear para el usuario modelo y luego «adaptar» para otros, podemos comenzar preguntándonos: ¿cómo sería esta solución si la diseñáramos para quien tiene más obstáculos para acceder? Cuando diseñamos desde los márgenes, lo que funciona para la periferia generalmente funciona para el centro, pero no al revés.
Mapear el viaje completo
La verdadera accesibilidad requiere trazar el viaje completo: desde que alguien se entera de una oportunidad hasta que puede aprovecharla sosteniblemente. Incluye información, transporte, apoyo, seguimiento. No solo el momento del servicio, sino todo lo que debe suceder antes y después.
Edificar con, no para
Las comunidades que viven en la última milla conocen mejor que nadie sus propios obstáculos y posibles soluciones. Edificar verdadera inclusión significa convertir a estas voces en diseñadoras, no solo en beneficiarias.
La pregunta que nos edifica
Mientras cerramos este 2025, la última milla nos invita a una reflexión honesta sobre nuestro trabajo de edificar espacios en la comunidad y fortalecer la inclusión. No se trata de juzgar nuestros esfuerzos, sino de afinar nuestra mirada hacia los espacios que aún no vemos.
¿Dónde están nuestras últimas millas?
Para quienes diseñamos programas comunitarios: ¿los espacios que creamos son realmente accesibles para quienes más los necesitan, o solo para quienes ya tienen privilegio de tiempo y movilidad?
Para quienes trabajamos en inclusión: ¿nuestras iniciativas llegan a las personas que viven en los márgenes, o solo a quienes pueden navegar sistemas complejos sin apoyo?
Para quienes edificamos espacios de encuentro: ¿estamos construyendo para la diversidad real de nuestras comunidades, o para una versión idealizada de quienes esperamos que participen?
El compromiso de la última milla
Edificar verdadera inclusión requiere incomodarnos con preguntas como estas. Requiere admitir que nuestras mejores intenciones a veces se quedan cortas, no por falta de compromiso, sino por falta de curiosidad sobre experiencias diferentes a las nuestras.
La última milla nos enseña que la inclusión no es un destino que alcanzamos, sino un puente que construimos metro a metro, pregunta a pregunta, historia a historia. Es trabajo artesanal que requiere conocer cada territorio, cada obstáculo, cada particularidad de las personas que pretendemos servir.
Hacia el 2026: edificar desde la última milla
El próximo año nos espera con la misma pregunta fundamental: ¿diseñaremos para quienes somos nosotros, o para quienes queremos alcanzar?
La respuesta se encuentra en esos últimos metros entre nuestras intenciones y su impacto real. En el transporte que falta, en el acompañante que no se consideró, en la voz que no puede llegar a la consulta digital, en la reunión programada sin pensar en quien cuida niños.
Porque al final, edificar comunidades verdaderamente inclusivas no se mide por la perfección de nuestras soluciones, sino por nuestra voluntad de caminar esa última milla junto a quienes más la necesitan.
"No vemos la última milla porque no la caminamos."
¿Dónde identificas tu última milla hacia la inclusión? Comparte tu experiencia en los comentarios y construyamos juntos puentes más efectivos para 2026.





Comentarios