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Cuando tu hijo es el agresor

  • Foto del escritor: Melina Olmo
    Melina Olmo
  • 6 sept
  • 11 Min. de lectura

Actualizado: 3 oct

Jóvenes en la escuela: un momento de acoso captado en video por otro estudiante. Detrás de cada acto de agresión hay una historia que contar. El desafío no es solo proteger a la víctima, sino transformar la situación que permite que esto suceda.
Jóvenes en la escuela: un momento de acoso captado en video por otro estudiante. Detrás de cada acto de agresión hay una historia que contar. El desafío no es solo proteger a la víctima, sino transformar la situación que permite que esto suceda.

El regreso a clases suele estar cargado de expectativas: nuevos retos, amistades, aprendizajes... pero para algunas familias es una vuelta aún más compleja. No porque el hijo haya sido víctima, sino porque quien agrede vive dentro de casa. Este artículo se atreve a mirar esa otra cara de la moneda: comprender el dolor y la confusión oculta en quienes agreden, profundizar en sus raíces, y reconocer que, sin compasión, no hay posibilidad de sanar.

"Detrás de cada acto de agresión hay una historia por entender. El desafío no es solo proteger a la víctima, sino transformar la situación que permite que esto ocurra."

A lo largo de este artículo exploraremos no solo lo que sucede cuando un niño agrede, sino también cómo responder como comunidad, como escuela y como cuidadores. Comenzamos por entender por qué este enfoque es urgente y necesario.


¿Por qué este enfoque es urgente?


Según datos de UNICEF, alrededor de un tercio de jóvenes de 13 a 15 años han sido víctimas de acoso escolar en el último mes.


Los números revelan la magnitud del problema: 1,453 tiroteos escolares en Estados Unidos (1997-2022) y tragedias recientes como Austria 2025, donde un exacosado de 21 años cobró 10 vidas antes de quitarse la vida.

UNESCO reporta que más del 30% de los estudiantes a nivel mundial han sufrido bullying, lo que afecta su salud mental, rendimiento, e incluso los expone a ideaciones suicidas.


Pero mientras se habla con frecuencia del sufrimiento de la víctima, se omite casi por completo lo que pasa con el agresor. Este silencio también es peligroso.

Este contexto global evidencia que no basta con señalar el comportamiento: necesitamos comprender su raíz. Y para eso, debemos observar el entorno inmediato del niño agresor.


¿Cuál es la otra cara?


El agresor a menudo es un niño que actúa con violencia porque aprendió ese lenguaje en casa. UNICEF estima que 2 de cada 3 niños, alrededor de 1,600 millones a nivel mundial, están sujetos a disciplina violenta por parte de sus cuidadores.

"1,600 millones de niños a nivel mundial son objeto de disciplina violenta por parte de sus cuidadores" — UNICEF

Según UNICEF, aproximadamente 6 de cada 10 niños de 1 año en 30 países están sujetos a disciplina violenta regular, y cerca del 75% de niños de 2 a 4 años experimentan agresión psicológica o castigo físico. Este patrón enseña que los conflictos se resuelven con dolor.

Si no reflexionamos sobre lo que vive el agresor, si no escuchamos su historia, la narrativa se cierra y el problema permanece oculto. En consecuencia, no podemos desmantelar el entorno relacional que lo perpetúa, y esta omisión debilita cualquier intento de prevención real y duradera.


Además, ignorar lo que atraviesan estos niños tiene consecuencias sociales mucho más graves de lo que solemos imaginar. En Estados Unidos, entre 1997 y 2022 se registraron 1,453 tiroteos escolares. En la mayoría de los casos, los agresores eran jóvenes que habían sido víctimas de acoso escolar, vivían en entornos familiares inestables y tenían acceso a armas en casa.


Esta combinación, cuando no se atiende a tiempo, se transforma en una bomba de tiempo emocional.


Esta realidad no se circunscribe únicamente a Estados Unidos. En Brasil, México y Argentina también se han documentado tragedias similares, con adolescentes que actuaron con violencia extrema tras experiencias prolongadas de exclusión o abuso. La violencia no tiene pasaporte: donde hay silencio, puede crecer.


El entorno del niño agresor: cuando la violencia se aprende sin palabras


Desde aquí, pasamos a una dimensión aún más delicada: ¿cómo hablar con un niño que ha causado daño?, y ¿qué hacer cuando el adulto a cargo no está emocionalmente disponible para tener esa conversación?

Los niños no nacen sabiendo herir. La agresión rara vez aparece de forma espontánea: es un reflejo de algo más profundo que se ha vivido, presenciado o interiorizado. A veces es un grito de dolor que aún no ha aprendido a hablar.


"La pregunta no es '¿qué tiene este niño?' sino '¿qué le ha pasado?'"

El hogar, la escuela y la comunidad forman un triángulo que moldea el lenguaje emocional del niño. Cuando uno de esos vértices se rompe —o reproduce dinámicas de control, vergüenza o silencio—, el niño aprende que dominar al otro es más seguro que mostrarse vulnerable.


Ejemplos de entornos que perpetúan la agresión:

  • Familias donde se normaliza el grito, el insulto o el castigo físico.

  • Escuelas que corrigen con humillación o ignoran las señales tempranas de exclusión.

  • Comunidades que premian la fuerza sobre la empatía o justifican la violencia como defensa.


UNICEF señala que la exposición a violencia familiar y a modelos punitivos de crianza aumenta la probabilidad de que un niño adopte patrones de intimidación.


Pero incluso identificar estos entornos tóxicos no es suficiente si no se reconoce que muchos cuidadores también están emocionalmente heridos. Hay padres, madres o abuelos que replican patrones porque nunca aprendieron otra forma de vincularse. Para ellos, gritar o castigar no es violencia, sino "educación". Esto no excusa, pero sí explica por qué muchos niños no encuentran dentro de casa el sostén emocional que necesitan para aprender a convivir sin agredir.


También es importante reconocer que no todos los niños que agreden responden al mismo patrón visible. Hay quienes replican la violencia que han vivido por su identidad: niños racializados, neurodivergentes, de comunidades LGBTQ+, o migrantes, que han sido deshumanizados en su entorno y aprenden a agredir antes de ser agredidos.

Cuando la agresión es la única forma de autoprotección que han aprendido, el desafío no es castigarlos más fuerte, sino escuchar lo que esa conducta está intentando decir en un idioma que nadie les enseñó a traducir.


Cuando el adulto responsable no ve el daño, no lo nombra ni lo repara, el niño queda atrapado entre lo que siente y lo que aprende a callar. Y así, muchas veces, solo puede "hablar" con el cuerpo, con el empujón, con el golpe, con la burla.

Pero no basta con señalar los fallos. La transformación comienza cuando cambiamos la pregunta.

En vez de castigar al niño que empujó, preguntamos:"¿Quién le enseñó que empujar es una forma de ser visto?"

Conversaciones difíciles, necesarias: hablar cuando tu hijo ha causado daño


La conversación es solo el primer paso. La prevención verdadera necesita estructuras sociales más amplias que respalden y sostengan el cambio. Ahí entra en juego la diplomacia cotidiana.


Ningún padre se imagina tener que recibir esa llamada: "su hijo ha golpeado a otro estudiante", "le lanzó una silla a un compañero". Pero no todos los actos de agresión dejan huellas visibles.


No todos los casos de agresión son físicos. Muchos niños hieren con el silencio, las burlas, los rumores, el aislamiento consciente hacia un compañero. El bullying psicológico no deja moretones, pero puede deshacer la autoestima de quien lo sufre.


Las formas más frecuentes de agresión emocional incluyen:

  • Exclusión sistemática en recreos o dentro del aula.

  • Apodos hirientes, bromas constantes o gestos de burla.

  • Difusión de rumores o mensajes malintencionados, incluso por redes escolares o redes sociales.

En muchos casos trágicos, esta forma de hostigamiento es responsable de suicidios entre estudiantes, por su efecto acumulativo en la salud mental.


Datos relevantes:


  • En EE. UU., aproximadamente el 19% de estudiantes de 12-18 años reportó haber sido acosado durante el ciclo escolar 2021-22.

  • El bullying relacional (exclusión, difamación) afecta el rendimiento académico tanto o más que el acoso físico.

  • La agresión entre pares comienza desde los 8 años, y no solo en la adolescencia.

  • Entre 2 y 9 veces más riesgo de ideación suicida tienen estudiantes que sufren bullying" — Estudios internacionales


Panorama mundial: 33% de adolescentes sufre acoso mensualmente, 30% de estudiantes enfrenta bullying (UNESCO), mientras 1.6 mil millones de niños viven disciplina violenta en casa.

¿Cómo iniciar esta conversación?


"Quiero entender qué pasó desde tu lado. Estoy aquí para escucharte."

  • Crea un espacio seguro, no reactivo. No interrogues. Comienza con presencia, no con juicio.Frase útil: "Quiero entender qué pasó desde tu lado. Estoy aquí para escucharte."


  • Valida la emoción, no el comportamiento. Muchos niños agreden porque sienten celos, frustración, miedo o deseo de pertenecer.Frase útil: "Entiendo que te hayas sentido así. Eso no justifica hacer daño, pero podemos hablarlo."


  • Fomenta la reparación, no la humillación. Pedir perdón no es un castigo. Es una herramienta de reparación si se ofrece con consciencia.Frase útil: "¿Cómo crees que se sintió la otra persona? ¿Qué podrías hacer para mostrar que te importa mejorar?"


  • Evita etiquetas que se pegan. Decir "eres un abusador" congela la identidad. Decir "esa conducta no estuvo bien" abre posibilidad de cambio.Frase útil: "Esa acción no estuvo bien. Pero tú puedes actuar diferente la próxima vez, y yo te voy a acompañar."


Según un estudio de la UNESCO, la intervención temprana centrada en habilidades socioemocionales puede reducir los comportamientos agresivos en más del 30% en entornos escolares.


El mensaje clave para el niño no debe ser "te portaste mal", sino "puedes aprender otra manera de expresar lo que sientes". Porque castigar sin acompañar solo entierra el problema más hondo.


¿Y si el adulto no ve el problema?


No todas las familias cuentan con adultos emocionalmente disponibles. Hay madres, padres o cuidadores que, por sus propios traumas, niegan, justifican o minimizan la agresión de sus hijos. A veces no lo hacen por maldad, sino porque en su historia personal nadie les enseñó a ver el daño ni a nombrarlo.


  • Niegan: "Mi hijo jamás haría eso."

  • Justifican: "Lo hizo porque lo provocaron."

  • Normalizan: "Así son los niños. Tiene que aprender a defenderse."


Esto deja al niño sin guía y lo más preocupante, refuerza la idea de que agredir es válido si se calla desde casa.


En esos casos, es la escuela, la comunidad o incluso un tercero (un orientador, un familiar cercano, un profesional) quien puede convertirse en la figura que abre el diálogo. Educar no es solo tarea del hogar, sino de toda la red que rodea a un niño. Cuando los adultos no tienen las herramientas para acompañar, el silencio se hereda. Pero cuando una sola voz amorosa y clara rompe ese patrón, puede abrir el camino hacia otra forma de relacionarse.


Diplomacia cotidiana y relaciones edificativas: sanar más allá del niño


Así como los programas educativos pueden inspirar estructuras, también lo puede hacer el diálogo humano. Llegamos ahora al corazón ético del tema: la posibilidad de reconciliación entre quienes han herido y quienes han sido heridos.


La agresión infantil no es un problema aislado, es una llamada de atención a las relaciones que sostenemos —y a veces descuidamos— como sociedad. Por eso, la solución no recae únicamente en el niño ni en sus padres. Es una responsabilidad compartida.

En Cultura Diplomática, entendemos que la diplomacia cotidiana trasciende los gobiernos.


Se practica cuando un padre acompaña con firmeza sin gritar, cuando una maestra observa con empatía antes de castigar, o cuando una vecina decide no replicar el chisme sino tender un puente.


¿Cómo se edifica la prevención desde lo cotidiano?


  • La escuela como espacio de reparación, no solo de disciplinaUn aula que incluye círculos de diálogo, acuerdos grupales o mediación escolar enseña que el conflicto se puede resolver sin violencia. Ejemplos restaurativos: cartas de reflexión o reuniones de paz entre estudiantes.


  • El vecindario como red de apoyo emocional. No se necesita ser psicólogo para modelar el respeto. Un adulto que interviene con cuidado ante una agresión verbal enseña que el diálogo sí es posible.


  • El pediatra, la iglesia o el club como aliados del desarrollo socioemocional. Un pediatra que pregunta "¿cómo se siente en la escuela?" promueve salud emocional y abre espacios de contención.


Estas acciones cotidianas no son ideas aisladas: muchas han sido sistematizadas en programas educativos y comunitarios a nivel internacional. A lo largo de décadas, distintas organizaciones, investigadores y redes escolares han creado modelos que traducen la empatía en estructura, el respeto en estrategia y la escucha en política educativa. Aquí algunos que pueden inspirar adaptaciones en cualquier comunidad, sin importar su tamaño o recursos.


Modelos que inspiran


  • KiVa (Finlandia y en implementación en México):Combina prevención, intervención y seguimiento con enseñanzas sobre empatía, participación activa de los testigos y protocolos sistemáticos.


  • Roots of Empathy (Canadá):Introduce bebés al aula para cultivar habilidades emocionales desde la infancia.


  • Olweus Program (Noruega y otros):Ha demostrado una reducción de 20-45% en bullying mediante acciones integrales en escuela, familia y comunidad.


Programas en América Latina:


  • ABC Bullying (México): Programa mexicano basado en fortalezas de carácter que empodera al estudiante como agente de cambio. Ha impactado más de 1,500 alumnos en 9 escuelas mexicanas.


  • Programa TEI - Tutoría Entre Iguales (España/Latinoamérica): Implementado en Chile, Colombia, Ecuador, México y Uruguay. Reduce 52% la agresión física y 28% el bullying verbal mediante tutorización emocional entre estudiantes.


Iniciativas comunitarias y digitales


  • Pink Shirt Day (Canadá y EE.UU.):Acción simbólica que promueve conciencia y solidaridad entre pares.


  • Bystander Revolution:Capacita a testigos del bullying para que actúen con herramientas prácticas y apoyo entre pares.


Estas experiencias nos recuerdan que prevenir el bullying no depende solo de castigar al agresor, sino de cultivar entornos donde la empatía se entrena y se practica cotidianamente.


La diplomacia cotidiana es eso: la práctica de la humanidad a escala íntima. Y, como toda práctica, se puede aprender.


Caminar hacia la reconciliación: entre el niño agresor, la víctima y sus familias


Con todo lo dicho, solo queda abrir el cierre. No para concluir, sino para invitar a la práctica diaria de una educación más humana.

A veces el conflicto no termina cuando cesa la agresión. Quedan emociones, memorias, silencios. Por eso, cuando es posible, la reconciliación se convierte en una herramienta poderosa de reparación emocional y relacional.


Pero reconciliar no es olvidar, ni mucho menos minimizar el daño. Es crear un espacio donde ambas partes puedan expresar lo que vivieron y encontrar formas concretas de cerrar ese ciclo con dignidad.


¿Cómo se puede lograr esto?


Muchos sistemas escolares y comunitarios recurren a modelos de justicia restaurativa, una metodología que facilita encuentros respetuosos entre la víctima, el agresor y, si corresponde, sus cuidadores. Estos procesos son voluntarios, seguros y mediados por adultos entrenados.


Etapas comunes:

  • La víctima puede contar su experiencia sin ser interrumpida.

  • El niño agresor escucha, reflexiona y reconoce el impacto de su conducta.

  • Juntos exploran formas de reparación (no castigos, sino actos significativos).


Ejemplos reales de reparación:

  • Una carta escrita con guía adulta.

  • Acompañar un proyecto escolar como muestra de cambio.

  • Hacer algo por la comunidad juntos (mural, actividad cultural, cuidado del entorno escolar).

  • Pedir disculpas de forma privada o simbólica, si la víctima así lo desea.


La reparación no se impone. Se construye con escucha, cuidado y tiempos emocionales distintos.


¿Y entre las familias?


Las familias también pueden quedar heridas: unas por el miedo y el dolor; otras por la vergüenza, la negación o la confusión. En esos casos, la reconciliación entre cuidadores es tan importante como entre los niños. Y puede darse a través de:


  • Conversaciones mediadas por orientadores o profesionales.

  • Encuentros grupales donde se humanicen ambas partes.

  • Espacios donde se hable no solo del hecho, sino del entorno que lo hizo posible.


Un cuidador que escucha el dolor de otro, sin ponerse a la defensiva, puede convertirse en aliado del cambio.Un adulto que reconoce públicamente que no lo vio a tiempo, le enseña al niño que reparar es también madurar.


¿Y si uno de los cuidadores no quiere dialogar?


A veces, uno de los cuidadores se niega a hablar del problema. Puede rechazar la reunión, minimizar el hecho o incluso volverse hostil ante cualquier intento de mediación. En esos casos:


  • No se fuerza la reconciliación.

  • Se protege a la víctima y se registra el intento de intervención.

  • Se continúa el trabajo con quien sí está disponible, incluso si es solo un docente, un familiar, o el otro cuidador.


El silencio de un adulto no invalida la necesidad de hablar del daño. Aunque no todos los adultos estén listos para el diálogo, eso no debe detener el proceso de reparación ni el acompañamiento a la víctima.


Una mirada desde la infancia


Hay gestos que no se olvidan. Una burla repetida, una mirada que excluye, una palabra cruel dicha delante de todos... y también, un gesto reparador, una disculpa sincera, una conversación que sana.


Muchos niños que agreden no saben que están repitiendo lo que aprendieron en silencio. Muchos niños que sufren no saben cómo pedir ayuda sin sentirse aún más solos. Ambos necesitan ser vistos. Ambos merecen ser acompañados.


Educar no es solo corregir. Es permitir que cada niño descubra otra forma de habitar el mundo, aplicando los mismos principios de diálogo y comprensión que funcionan en cualquier proceso de construcción de paz.


Por eso, este artículo no busca culpables. Busca crear un espacio donde se pueda hablar del daño sin miedo, del dolor sin castigo, del conflicto sin vergüenza.


Porque si queremos prevenir la violencia, debemos empezar por transformar el lenguaje con el que nos miramos. Y eso se aprende —como todo lo valioso— en lo cotidiano: en la forma de preguntar, en la forma de escuchar, en la forma de corregir sin destruir.


La diplomacia también se practica en casa. Y cada conversación que se sostiene, cada silencio que se rompe es una pequeña declaración de paz.

¿Qué conversación difícil estás dispuesto a tener? ¿Qué gesto puede sembrar, en tu hogar o comunidad, una cultura donde el daño se nombra y la dignidad se restaura?


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