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La Reunión que Ocurre en el Pasillo: lo que el silencio organizacional le cobra en ganancias, talento y misión

  • Foto del escritor: Melina Olmo
    Melina Olmo
  • hace 4 horas
  • 6 min de lectura

Dos colegas conversan en el pasillo frente a una sala de reuniones con paredes de cristal, donde otros profesionales están sentados en silencio alrededor de una mesa.
Cuando el verdadero análisis de un proyecto sucede en el pasillo y no en la mesa de decisiones, las organizaciones pierden más que tiempo: pierden el compromiso de su gente. Construyamos espacios donde el diálogo abierto no tenga que esconderse detrás del cristal.

La reunión más importante del día no ocurre adentro de la sala. Ocurre afuera..


Hay una reunión que ocurre todos los días en organizaciones de todo tipo. Alguien casi dice algo. Se nota en la pausa, en la mirada que cruza la mesa, en la oración que termina dos palabras antes de lo necesario. Luego el momento pasa, la agenda avanza, y todos exhalan, casi imperceptiblemente.


Después de la reunión, en el pasillo, en el grupo de mensajes, en el café rápido antes del almuerzo, comienza la conversación real.


Todas las organizaciones tienen una. El tema que vive en los pasillos pero nunca en la sala de conferencias. La pregunta que lo aclararía todo, pero nadie quiere ser quien la haga. La dinámica que todos pueden describir en privado y nadie nombrará en público.

Y en algún momento, alguien pronuncia las palabras que deberían cambiarlo todo:


"Queremos tu opinión honesta."


¿Pero la quieren de verdad?


Cuando la honestidad se cobra


En una organización sin fines de lucro, la dirección contrató a una consultora para facilitar un programa de liderazgo dirigido a mujeres. Cuarenta personas participaron. La inversión era significativa — alrededor de tres mil dólares por participante.


El programa no fue lo que el equipo necesitaba. La consultora construyó toda su presentación desde su experiencia en el sector privado — habló de situaciones personales y de decisiones de vida que pertenecen a un contexto económico completamente distinto al de quienes trabajan en organizaciones sin fines de lucro. El contenido era válido para otra sala. No para esa.


Semanas después, en una reunión informal, una vicepresidenta preguntó qué había parecido la sesión. Alguien respondió con honestidad — señaló la desconexión entre el contenido y las necesidades reales del equipo. Lo que esa persona no sabía era que la vicepresidenta y la consultora tenían una relación personal.


Las consecuencias llegaron sin conversación, sin espacio para el diálogo. Solo el peso de haber dicho la verdad en el lugar equivocado.


Cuando la verdad no tiene camino


En una empresa del sector privado, alguien llegó a un rol nuevo con entusiasmo y con una misión clara. Desde el primer día, dependía de información y recursos que colegas debían proveer para poder avanzar.


Lo que descubrió con el tiempo fue algo más complejo que un malentendido. Había personas que habían declarado competencias que no tenían. Había territorio que proteger. Y había una coordinación silenciosa — entre colegas, y con su propia supervisora — para asegurarse de que ella no avanzara.

Frente al liderazgo, todos aseguraban cumplir. En privado, los recursos nunca llegaban.


La narrativa oficial y la realidad operacional eran dos cosas completamente distintas y no había espacio seguro para señalar esa diferencia. El empleado renuncio y la empresa perdio, talento y la inversion en reclutamiento,


Cuando el poder neutraliza la verdad


En una institución de trayectoria reconocida, el personal no hablaba adentro. Hablaba afuera — con consultores, con facilitadores externos, con cualquiera que no formara parte del sistema.


Lo que compartían era consistente: dos líneas de liderazgo dando instrucciones contradictorias. Un director de operaciones con una visión. Una gerente de programa con otra. Y en el medio, un equipo que no sabía a quién seguir — porque seguir a uno significaba contradecir al otro.


Lo que hacía la situación más difícil era lo que todos sabían pero nadie podía decir en voz alta: una de esas figuras estaba protegida por relaciones internas. No por resultados.


La rendición de cuentas no podía alcanzarla y todos lo sabían.

El impacto fue acumulándose en silencio. Recursos que no llegaban. Pagos a consultores externos que se retrasaban. Coordinación que fallaba en momentos críticos. Hasta que un día, casi todo el equipo renunció. Al mismo tiempo.


El patrón que nadie nombra


No importa si es una organización sin fines de lucro, una empresa privada o una institución con décadas de trayectoria. El mecanismo es el mismo.

En cada una de ellas, la verdad se enfrentó a una barrera, una pared que castigaba la honestidad o simplemente no tenía estructura para que el mensaje llegara a quienes debían escucharlo.


Existe en toda organización una jerarquía clara: empleados, gerentes, directores, vicepresidentes y el CEO. En teoría, el CEO quiere que todo funcione. Pero en algún punto de esa cadena, frecuentemente entre directores y vicepresidentes, las líneas de comunicación se tuercen. Es precisamente ahí donde se rompe todo.


Cuando esto ocurre, las personas no desaparecen. Aprenden. Aprenden a simular lo que entienden que se debe decir porque hablar con honestidad tiene consecuencias reales para ellos.


Una organización llena de personas que se están protegiendo se vuelve tóxica, estancada en su productividad. Para el sector privado, eso se traduce en pérdida de ganancias. Para las organizaciones sin fines de lucro, en pérdida de misión.


Los temas que nadie pone en la agenda


El silencio organizacional no es genérico. Tiene formas muy específicas.

La discrepancia salarial dentro del mismo equipo, ese número que todos conocen y nadie menciona en la misma oración. El presupuesto que favorece consistentemente a un departamento sobre otro. El líder que está vaciando el equipo. La estrategia que dejó de tener sentido hace dos años pero nadie toca porque lleva el nombre de alguien importante. Las reuniones donde todos asienten. La carga de trabajo que es insostenible y que nombrarlo significaría cuestionar a alguien con poder.


Si al leer esa lista  reconoció al menos uno, ya sabe de qué conversación estoy hablando.


El costo del silencio en la comunicación organizacional

 


El costo del silencio no es abstracto, es medible y crece con el tiempo.


Según el reporte State of the Global Workplace de Gallup, el desenganche de empleados le cuesta a la economía mundial $8.8 billones en productividad perdida al año — equivalente al 9% del PIB global.

No es un problema exclusivo de grandes corporaciones. Afecta a organizaciones de todos los tamaños y sectores que operan con culturas donde las conversaciones difíciles no tienen espacio.


Para las organizaciones sin fines de lucro, el impacto es aún más directo. Según un estudio publicado en Candid, el 67% de los empleados del sector sin fines de lucro en 2024 estaban buscando un nuevo trabajo o lo harían dentro del año. Detrás de cada estadística hay una persona que aprendió, en alguna reunión, que era más seguro callar. La razón más citada no fue la compensación. Fue el manejo poco solidario, la manera en que son, o no son, escuchados.


Esto ocurre precisamente cuando las subvenciones se reducen y cada dólar debe justificarse. Perder talento comprometido en este contexto no es solo un problema operacional. Es un problema de misión.


Cuando el empleado más honesto de tu organización aprende a callar, no lo pierdes de inmediato. Lo pierdes lentamente, en la reunión donde ya no habla, en la idea que ya no comparte, en el día en que finalmente se va y nadie sabe con certeza por qué.


El rol que Recursos Humanos podría jugar


Recursos Humanos existe, estructuralmente, para proteger a la organización — no al empleado. Precisamente por eso, tienen el argumento más poderoso para crear mecanismos reales de diálogo: no como un gesto de generosidad hacia el personal, sino como una estrategia de protección hacia la organización misma. Cada empleado que se va en silencio, cada talento que aprende a callar, cada conversación que nunca ocurre es un costo que Recursos Humanos tiene la capacidad de cuantificar y presentar al liderazgo con claridad.


El silencio no es un problema cultural, es un problema financiero. Ests es una conversación que Recursos Humanos tiene toda la autoridad y el incentivo real para iniciar.


Lo que esto requiere de los líderes


Crear espacios seguros para el diálogo no es una política. No es una encuesta de clima organizacional que se distribuye una vez al año y cuyos resultados nadie discute en voz alta.


Es una decisión estructural y requiere mandato, recursos y seguimiento real. Un líder que genuinamente quiere cambiar esto tiene que estar dispuesto a recibir información que no le va a gustar — porque recibir retroalimentación negativa es una habilidad que también se aprende.


El silencio organizado no es señal de armonía. Es una señal de alerta que ya lleva demasiado tiempo ignorándose.


Antes de que el pasillo hable por usted


No importa si usted maneja un equipo de tres personas, una organización de quinientas, o una empresa Fortune 500. Estas preguntas son para usted.


¿Las personas de su equipo le dicen la verdad?

Si no estás seguro — esa incertidumbre ya es una respuesta.


¿Sabe cuánto le está costando el silencio?

Rotación, productividad perdida, contrataciones que no funcionaron. Cuando el silencio tiene un costo cuantificable al lado, la conversación con el liderazgo superior cambia.


¿El entrenamiento que ofrece tiene rendición de cuentas real?

Un taller sin seguimiento no cambia culturas. Solo las decora.


Para muchas organizaciones, estamos a mitad de camino, cuando el verano invita a una pausa antes de que el otoño traiga nuevas exigencias. Para otras, especialmente en el sector sin fines de lucro el 1 de julio marca el inicio de un nuevo año fiscal.


Es posible que usted no haya construido ese muro intencionalmente. La mayoría de los muros no se construyen así. Pero la intención no determina el impacto. Y la pregunta más difícil no es cómo corregir la cultura. Es si usted está dispuesto a descubrir qué no le está diciendo su equipo.


El pasillo ya sabe. La pregunta es si está listo para presentar esa conversación a la junta.



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