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Género, Economía y el Costo de No Medir lo que Importa

  • Foto del escritor: Melina Olmo
    Melina Olmo
  • 9 mar
  • 11 Min. de lectura
Una mujer profesional con cabello rizado posa en un moderno rascacielos de cristal con vista al horizonte de la Ciudad de Panamá al atardecer. Sostiene una tableta digital que muestra paneles financieros. Sobre el vidrio se ven gráficos de datos holográficos y el texto 'Retorno Social' con flechas hacia arriba, simbolizando el impacto social y el crecimiento económico.
Invertir en mujeres es el máximo "Retorno Social"

El Activo Más Infrautilizado de América Latina


Hay un activo que no aparece en los balances fiscales de América Latina. No cotiza en bolsa, no figura en las proyecciones del Fondo Monetario Internacional y rara vez aparece en los discursos de política monetaria. Sin embargo, su subutilización le cuesta a la región entre el 4 % y el 15 % de su Producto Interno Bruto, según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo. Ese activo es la participación plena de las mujeres en la economía.


La conversación sobre género en América Latina y el Caribe ha vivido demasiado tiempo en el territorio de la justicia social. Pero hay un cambio de paradigma en curso — uno que los ministerios de finanzas, los bancos centrales y los fondos de inversión están empezando a descifrar con urgencia creciente: la exclusión económica de las mujeres no es un problema de valores. Es una ineficiencia estructural con externalidades negativas medibles que ninguna economía competitiva puede seguir ignorando.


Lo Que los Números Revelan — Y Lo Que Ocultan


Según la Organización Internacional del Trabajo, en 2024 la participación laboral femenina en la región fue del 52,1 %, comparada con el 74,3 % de los hombres. Pero la brecha no es solo de participación — es de calidad de inserción. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe documenta que el 78,1 % de las mujeres empleadas trabaja en sectores de baja productividad, donde la remuneración es menor, la cobertura de seguridad social es escasa y el acceso a tecnología e innovación es limitado. Una de cada cuatro mujeres en la región — el 25,3 % — carece de ingresos propios, cifra que casi triplica la proporción masculina del 9,7 %.


En términos de contabilidad nacional, esto representa una pérdida masiva de base contributiva: menos trabajadoras formales significan menos cotizaciones al sistema de seguridad social, menos recaudación fiscal y menor capacidad del Estado para financiar los servicios públicos que, paradójicamente, las mujeres más necesitan. El Banco Mundial estima que cerrar esta brecha podría generar una oportunidad de crecimiento anual del PIB de 2,6 mil millones de dólares. Y cuando las mujeres acceden a esos ingresos, reinvierten hasta el 90 % en sus familias y comunidades — en educación, salud y vivienda —, comparado con solo el 30-40 % entre los hombres. En términos de multiplicador económico, el ingreso femenino genera un retorno social considerablemente mayor por cada dólar invertido.


En los Estados Unidos, las latinas que trabajan a tiempo completo ganan en promedio 57 centavos por cada dólar que percibe un hombre blanco no hispano — una brecha que, acumulada a lo largo de una vida laboral de cuarenta años, representa aproximadamente 1,2 millones de dólares en ingresos perdidos por cada mujer —. La brecha es hemisférica. Pero también lo son las soluciones — y las mujeres que las están construyendo ya están trabajando.


La Economía Invisible: Cuentas Satélite y el PIB que No Existe


Los números nos permiten mostrar cuánto se reduce la participación laboral, cuánto ingreso se deja de generar, cuánto recaudo fiscal no entra al gobierno y cómo eso limita la capacidad de financiar otros servicios públicos. — Rosanna Torres

Rosanna Torres, presidenta del Center for New Economy, lleva años traduciendo un argumento técnico al lenguaje que mueve decisiones en los ministerios de finanzas. Su punto de partida es una pregunta que la contabilidad nacional todavía no sabe responder correctamente: ¿cuánto vale el trabajo que sostiene la economía pero que no se transa en ningún mercado?


El problema tiene nombre técnico: ausencia de cuenta satélite. El Sistema de Cuentas Nacionales de las Naciones Unidas — el marco metodológico que determina cómo se calcula el PIB en prácticamente todos los países del mundo — fue diseñado para registrar transacciones de mercado. El trabajo de cuidado no remunerado, que sostiene toda la economía productiva, simplemente no existe en esa ecuación. Varios países de la región han comenzado a construir cuentas satélite del trabajo no remunerado para hacerlo visible. Ecuador fue uno de los primeros en intentarlo — y los resultados fueron contundentes: si se incluyera ese trabajo en el PIB, sería el tercer sector económico más importante del país, solo después de la exportación de petróleo y banano.


Según ONU Mujeres, la contribución anual global del trabajo de cuidado no remunerado se valúa en diez billones de dólares — más que toda la industria tecnológica global —. La CEPAL documenta que, en los países donde se ha medido esta contribución, representa entre el 15,9 % y el 27,6 % del PIB, siendo las mujeres responsables del 74,5 % de ese total.


Piénsese en términos cotidianos: cada vez que una madre cuida a un hijo enfermo en lugar de ir a trabajar, cada vez que una hija deja su empleo para atender a un padre anciano, cada vez que una mujer administra un hogar sin salario — esa actividad existe, genera valor económico real y, sin embargo, no aparece en ninguna estadística oficial —. Lo invisible no se financia. Lo invisible no se regula. Lo invisible no entra en las decisiones de política pública.


Desde una lógica de economía del bienestar y retornos intergeneracionales, Torres señala que el cuidado especializado en la niñez temprana genera externalidades positivas medibles: mejor desempeño educativo, mayor acumulación de capital humano y menores costos futuros para el Estado en salud, seguridad social y sistemas de justicia. Invertir en infraestructura de cuidado no es gasto corriente — es inversión de capital con horizonte de largo plazo y tasa de retorno social positiva.


El Costo de Oportunidad: Lo Que la Región Está Eligiendo No Producir


Una economía que excluye sistemáticamente a la mitad de su fuerza laboral potencial está operando con una restricción de oferta autoimpuesta que ninguna política monetaria puede compensar.


Las mujeres en América Latina dedican 3,2 veces más tiempo al trabajo de cuidado no remunerado que los hombres. En Ecuador, una mujer puede dedicar hasta el 40 % de su tiempo semanal adicional exclusivamente a actividades de cuidado — el equivalente a un segundo trabajo de tiempo parcial, cada semana, sin salario, sin seguridad social y sin jubilación —. El costo de oportunidad es directo: educación continua no completada, capacitación técnica no adquirida, trayectorias profesionales truncadas. Como señala Artola, hay mujeres que, por tener hijos, personas adultas mayores o familiares con discapacidad a su cargo, no pueden incorporarse al mercado laboral formal porque no existe una estructura de apoyo que lo haga posible.


Nirlia de Jesus, Directora de Operaciones de Epting, LLC, con más de veinte años de experiencia en los sectores público y privado, formula la pregunta que convierte este diagnóstico en imperativo económico:

¿Cuánto nos está costando ver la equidad de género de forma incorrecta? — Nirlia de Jesus

No es una pregunta retórica. Según el BID, las barreras al emprendimiento femenino en América Latina podrían estar generando pérdidas de hasta el 9 % del PIB. Según las proyecciones de la CEPAL, aunque podría producirse una ligera reducción de la informalidad laboral y las brechas de género en 2025 y 2026, ambos indicadores se mantendrán en niveles estructuralmente elevados.


El Modelo para Economías Pequeñas: Variables que los Promedios Globales No Capturan


Torres advierte que los modelos globales sobre retorno de inversión en infraestructura de cuidado son útiles pero insuficientes para economías pequeñas como Puerto Rico o el Caribe. Tres variables críticas distorsionan las proyecciones si no se ajustan correctamente.


Informalidad


Cuando el punto de partida de medición está sesgado, las proyecciones de política también lo estarán — un problema de 'datos erróneos, resultados erróneos' (garbage in, garbage out) aplicado a la planificación —.


Capacidad Fiscal


Los modelos globales asumen que el Estado tiene margen para invertir y recuperar esa inversión vía recaudos adicionales, supuesto que no se sostiene en economías con bases contributivas estrechas. La solución requiere esquemas de financiamiento mixto — blended finance — que combinen recursos públicos, privados y de cooperación internacional.


Vulnerabilidad ante Desastres Naturales


Cuando los sistemas de cuidado colapsan tras un huracán o terremoto, las personas están más en riesgo de perder sus trabajos o verse forzadas a emigrar. — Rosanna Torres

En Puerto Rico, el retraso en la publicación de datos impide además que se tomen decisiones de urgencia basadas en evidencia en los momentos en que más se necesitan.


Como evidencia de que la inversión en cuidado genera retornos medibles incluso en contextos fiscalmente limitados, Torres señala la Ley 76 de Vermont — un mecanismo de financiamiento público para el cuidado infantil mediante un impuesto sobre la nómina que, en apenas un año, aumentó la disponibilidad de servicios y facilitó el reingreso al mercado laboral, respondiendo simultáneamente a retos de empleo, demografía y crecimiento económico con retornos fiscales medibles en el corto plazo.


La Barrera Invisible: Cuando el Sistema Requiere el Permiso del Agresor


Yo recuerdo mujeres que decían: "Yo quisiera tener acceso a crédito para poner mi negocio y salir adelante" — y no podían, porque en Ecuador todavía no se ha erradicado que para acceder a un préstamo, si eres mujer casada, necesitas la firma de tu esposo.— Verónica Artola

Incluso cuando las mujeres desean y pueden participar en la economía formal, el sistema les impone fricciones de entrada que a los hombres nunca se les exigen. Verónica Artola, ex funcionaria del Banco Central de Ecuador y actual Gerente Comercial de RTC, documentó durante su tiempo en el Banco Central que, en todos los quintiles de ingreso, las mujeres recibían menores montos de crédito y menos transacciones que los hombres con los mismos indicadores de solvencia. Considérese esta situación: una mujer separada hace diez años de una relación de violencia, con un negocio viable, flujo de caja positivo y capacidad de repago demostrable, legalmente obligada a pedirle autorización a su agresor para acceder al capital semilla que le permitiría construir su independencia económica. No es una anécdota — es una falla de diseño institucional con consecuencias macroeconómicas medibles.


Según el BID, el crimen y la violencia — incluyendo la violencia de género — le cuestan a la región el 3,4 % del PIB anualmente. A nivel global, la violencia de género representa un costo de aproximadamente 1,5 billones de dólares al año, entre costos directos en salud, justicia y servicios sociales, y costos indirectos en productividad perdida y capital humano no desarrollado.

¿Cómo queremos aportar al PIB y crecer en igualdad de condiciones si eso no se da? — Verónica Artola

En Ecuador, las mujeres acceden hasta un 20 % menos a crédito que los hombres — no porque sean menos solventes, sino porque el sistema de evaluación crediticia fue diseñado con un sesgo que los datos confirman y que la automatización, sin intervención deliberada, tiende a reproducir a escala.


Tecnología Financiera, Algoritmos y el Problema de las Señales Estrechas


La revolución de la tecnología financiera promete corregir esa falla de mercado al convertir el historial de transacciones digitales en la nueva forma de colateral. Un modelo de aprendizaje automático estima la probabilidad de repago usando variables de comportamiento transaccional: regularidad de pagos, estabilidad del flujo de ingresos, patrones de gasto y crecimiento del negocio. En los Estados Unidos, plataformas como Block con su producto Cash App ya ilustran cómo los historiales de punto de venta pueden respaldar este tipo de suscripción de crédito. En el Perú, billeteras móviles como Yape están construyendo capas similares de datos transaccionales en economías predominantemente informales.


Pero la tecnología no resuelve el problema si replica los sesgos que pretende eliminar. Investigación académica y reportes institucionales del BID y el Banco Mundial documentan un riesgo técnico concreto: muchas variables de comportamiento transaccional correlacionan con realidades estructurales — estabilidad del vecindario, volatilidad de ingresos por ciclos de cuidado, informalidad laboral — que son proxy de género sin serlo explícitamente. Un modelo entrenado con datos históricos de un sistema crediticio sesgado aprende y reproduce ese sesgo a escala, con la apariencia de objetividad que le confiere la automatización.


Las preguntas que deben hacerse sobre cualquier sistema de evaluación crediticia automatizado son técnicas y éticas simultáneamente: si las tasas de error son consistentes entre grupos demográficos, si el modelo interpreta la volatilidad de ingresos causada por trabajo de cuidado como riesgo real o como ruido estructural, si el algoritmo es auditable y contestable por la persona afectada, y si existe supervisión regulatoria continua por impacto diferenciado. La soberanía de datos — el control real que una persona tiene sobre su identidad financiera digital — comienza como un problema técnico, se convierte en un problema de política pública y puede elevarse al nivel de un derecho económico fundamental cuando la participación en la economía formal depende de prácticas de datos opacas o coercitivas.


La Brecha del Capital: Un Problema de Enrutamiento, No de Escasez


Aunque una de cada tres pequeñas empresas en América Latina es liderada por mujeres, estas reciben solo el 5 % del capital de riesgo disponible, según la Asociación Latinoamericana de Capital de Riesgo. Las startups fundadas por latinas obtuvieron menos del 1 % del capital de riesgo en 2022. En los Estados Unidos, las empresarias latinas reciben solo el 39 % del monto de préstamo solicitado a los bancos, frente al 67 % para los hombres blancos. Solo el 0,1 % del capital de riesgo llega a fundadoras negras y latinas. Casi 1.700 empresas en sectores STEM lideradas por mujeres en América Latina buscan inversión actualmente, según el Laboratorio de Innovación del BID.


Este no es un problema de escasez de capital — el capital existe —. Es un problema de enrutamiento: los sistemas de asignación están calibrados para reconocer un conjunto estrecho de señales que históricamente han correlacionado con el perfil del fundador masculino, urbano, con red de contactos en los círculos correctos y acceso a capital semilla familiar. Cuando esas señales son el criterio de evaluación, el talento que no las emite queda sistemáticamente subfinanciado, independientemente de sus fundamentales económicos.

Hay mujeres solas que se han quedado sin trabajo y quieren ese capital semilla para ponerse su emprendimiento — y les dicen que no porque no tienen historial en emprendimiento. Es un círculo vicioso durísimo. — Verónica Artola

Susan Otim-Neal, Executive Coach y psicóloga organizacional de Sincerity Speaks Consulting, lo traduce en datos concretos desde el contexto estadounidense: las mujeres negras se encuentran entre las de mayor tasa de participación laboral del país, lideran aproximadamente dos millones de empresas que generan cerca de 100 mil millones de dólares anuales, y las organizaciones con liderazgo diverso tienen un 35 % más de probabilidad de superar financieramente a sus competidores.

Invertir en el liderazgo de las mujeres no es caridad — es una de las estrategias económicas de mayor retorno disponibles.— Susan Otim-Neal

Heather Ingram, autora de Applied Flow: Stop Burnout. Be Awesome., añade una dimensión organizacional que completa el argumento: una cultura que mide rendimiento por visibilidad en lugar de por resultados reales está optimizando para la métrica incorrecta. Los sistemas que recompensan la señalización por encima de la productividad terminan reteniendo a quienes mejor señalizan — no necesariamente a quienes mejor producen —.


Circulación, No Fuga: El Capital Humano que los Modelos No Ven


Torres desafía uno de los marcos más arraigados en la política económica regional: la narrativa de la fuga de cerebros como pérdida neta.

Típicamente miramos el éxodo y no el retorno. En muchos casos, la migración es cíclica. El riesgo de contar solo las salidas es que terminamos diseñando políticas de retención cuando lo que quizás necesitamos son políticas de conexión.— Rosanna Torres

Las mujeres educadas son frecuentemente el pegamento económico de esa circulación — las que mantienen vínculos activos entre mercados, sostienen familias extendidas y reconstruyen redes de capital social cuando las estructuras formales colapsan —. En términos de economía de redes, son nodos de alta conectividad cuyo valor no aparece en ninguna cuenta nacional.


El Dividendo Ya Existe. Solo Estamos Decidiendo Si Lo Vamos a Cobrar.


El problema no es falta de talento, ni falta de actividad económica, ni falta de emprendimiento. El problema es que los sistemas de medición, asignación de recursos y evaluación de mérito fueron diseñados con una restricción implícita que nunca se hizo explícita — asumían que la mitad de la población participaría en condiciones de plena autonomía económica —. Esa restricción nunca se cumplió. Y la economía lleva décadas operando con ese error de especificación en su modelo base.

Miren a su alrededor en su organización. Miren de lado. Fíjense en quién sigue siendo sistemáticamente ignorado — no por falta de calificaciones, sino porque el sistema de señales que evalúa el mérito no fue diseñado para reconocer su contribución —. No están ignorando a personas con bajo rendimiento. Están ignorando infraestructura.


Al ritmo actual, según el Foro Económico Mundial, alcanzar la equidad de género tomará más de 120 años — no como proyección social, sino como proyección de pérdida acumulada de productividad, capital humano y crecimiento económico que ninguna región puede sostener indefinidamente. Para el profesional de hoy, reconocer este activo no es un ejercicio de empatía, sino un imperativo de alta gerencia: la capacidad de identificar y activar el talento que las métricas tradicionales deciden ignorar.


El dividendo de género no es una promesa futura ni una transferencia redistributiva pendiente. Ya se está cobrando — en cada banco central donde una economista conectó política de género con política monetaria y los datos le dieron la razón, en cada cuenta satélite que hizo visible lo que siempre existió pero nunca se contó, en cada mujer que construyó su independencia económica sin necesitar el permiso de nadie.


La pregunta no es si el dividendo existe. La pregunta es quién decide ignorarlo — y cuánto le cuesta al resto esa decisión.


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